Insiders – Netflix lo intenta y fracasa con un ridículo reality que no aporta nada a un formato ya agotado

Amor con fianza

Insiders ha llegado haciendo mucho ruido, vendido como el primer reality español de Netflix, y con la promesa de traer frescura y originalidad a un formato tan agotado como el de los realities. Si os soy sincero, sabía que no me iba a encontrar nada especialmente memorable, pero oye, con pasar un buen rato como con Jugando con Fuego (Bellow Deck no lo menciono porque está en otra liga), me hubiese conformado. Pues no ha podido ser, aunque ya os adelanto que jamás hubiese esperado encontrarme una patochada al nivel de un programa de Telecinco, siendo un quiero y no puedo al que sólo se le puede agradecer que dure siete episodios. Pero mejor vayamos por partes.

Después de ver el primer episodio, un desastre en todos los sentidos, me vi en la obligación de comprobar si esto le había gustado a alguien, y parece ser que sí (repito, parece…), con críticas de medios «profesionales» dejando el programa por los cielos, y opiniones muy entusiastas en las redes sociales. En otras ocasiones me lo creería y respetaría las opiniones ajenas, sin más, pero aquí el asunto huele, y no demasiado bien, ya que el reality es espantoso hasta límites insospechados. Zanjaré este tema diciendo que creo que esta vez la plataforma se ha interesado más en la promoción del programa (algo que no hace con otras producciones mucho más interesantes). Que cada uno entienda lo que quiera.

Uno de los grandes problemas del show es que pretendan transmitir naturalidad y realidad, cuando todo suena a impostado, con unos actores (y me refiero a todos los concursantes) incapaces de resultar creíbles, los cuales navegan entre la sobreactuación (jamás se ha visto algo igual en ningún otro concurso) y lo mediocre, distanciando al espectador y obligándole a arquear la ceja (o partirse de risa, a gusto del consumidor) en cualquier escena de teatro de colegio.

‘Los concursantes contando las cámaras que les están grabando. El problema es, ¿sabrán contar?’

Luego está el recurso de las cámaras, con el cual se supone que los concursantes no saben que les están grabando con la finalidad de ver sus comportamientos reales. En efecto, intentan tomar al espectador por idiota, pero otra cosa está en si lo consiguen. Yo no me he creído ni un solo minuto del reality, y en mano de cada uno (y de su incredulidad) se encuentra la elección de hacerlo. Si el mayor aliciente y atractivo del concurso es que los concursantes no sepan que les están grabando (a pesar de que se nota que los concursantes sí son conscientes de ello), secreto desvelado en el ecuador del programa, apaga y vámonos. Y es que la originalidad promocionada brilla por su ausencia en este programa de todo a cien, en el que todo luce barato (ya sabéis, mejor invertir el dinero en la promoción que en la calidad).

Y cómo olvidar el fabuloso momento en el que les venden a los concursantes que el concurso es en streaming (es decir, en abierto y con miles de espectadores…). No sé si los participantes saben lo que es Netflix (jamás apuestan por el formato ‘en abierto’, y todos los episodios se suben de golpe), pero es obvio que no existe tal recurso. Menudos genios, tanto los concursantes como los guionistas por tamaña idea, porque si sabes sumar uno más uno, es obvio que es otra mentira. Menudo nivel…

Por supuesto, el gran aliciente de un reality es el casting, y la verdad es que es imposible que sea peor que el que nos ocupa. En cualquier otro reality siempre habrá alguien que te cause simpatía, por poca que sea. Pues bien, en Insiders no es el caso, siendo todos insufribles (bueno, quizás haya alguna excepción, pero tampoco es para lanzar cohetes). Es como si Netflix cogiera un autobús e hiciese paradas en un polígono, un correccional y un psiquiátrico, y recogiese a lo mejor de cada casa.

‘El infierno existe… De otra forma no se explica dónde han hecho este casting’

La mayoría de los personajes (que no personas) fuerzan los conflictos, siendo los de siempre, y agotando al más paciente. Lo que en otros programas surge de forma espontánea, aquí es a cada minuto, sin venir a cuento. La verdad es que flaco favor se le hace al colectivo LGBT. Lo sé, no hay que encasillar ni generalizar, pero la gente lo hace igual, y Netflix debería haber revisado este aspecto, porque hay algunos participantes de imposible digestión (vergüenza me ha dado cuando les han dicho que representaban al colectivo por el simple hecho de su orientación sexual). En otros concursos (con el poder en manos de la audiencia) habrían durando dos telediarios. ¿El peor casting de la historia? Pues si se confirma que no son actores, yo digo un rotundo sí. Y he visto muchos realities…

Prueba de ello es el tono del concurso, en el que todo es turbio y desolador, sin lugar para la alegría o el buen rollo, en un constante caos que acaba agotando. Atención a la melodía de fondo, la cual es la misma y suena una y otra vez (tortura se queda corto), con un pianista al que acabas odiando. Lástima que no nos dejen expulsar al Pablo Sebastián de turno, porque cae peor que el concursante más indeseable. Ni para la música han invertido, los tacaños de Netflix, confirmando que han buscado el drama a toda costa, siendo una decisión cuestionable en los tiempos que corren. Y es que muchos queremos pasarlo bien, no viendo a gente llorar a cada minuto. Qué tétrico todo, por no decir otra cosa.

Y si éramos pocos, destacar las absurdas y surrealistas normas del programa, las cuales parecen más propias de Loca Academia de Policía (con todo el respeto a la mítica saga), que no de un reality supuestamente serio. De verdad que los guionistas han estado sembrados, con un programa que parece una (mala) idea descartada de Gran Hermano para su siguiente edición, porque la premisa principal les da para un par de episodios. Después de eso, el formato es idéntico. ¿Dónde está la originalidad? Ya os lo digo yo, en ningún lado.

‘El programa juega al despiste y al engaño, quizás para que no nos demos cuenta de que todo ha sido una tomadura de pelo’

Y hablando del Diablo, parece ser que Telecinco no ha tenido nada que ver con este programa, pero viendo cómo se mete mierda y se busca la polémica, me cuesta creerlo. ¿Quizás un empleado descontento que ha cambiado de casa pero no de mala baba? Es posible, pero lo que es seguro es que en este reality no hay ni mensaje ni propósito alguno, siendo todo estiércol. Netflix debería tener cuidado con la línea que está cruzando, porque luego no hay vuelta atrás. Que se lo digan a Telecirco…

Y ojo a la forma de elegir al ganador… Y yo que me quejaba de Jugando con fuego. Una tomadura de pelo que hace honor al programa y que sólo se puede definir con una palabra: injusticia. Un final agridulce y otro despropósito de esta bobada de reality, aunque era imposible que no ganase un villano, ya que aquí no hay buenos. De nuevo, hurra por el casting.

Lo de Najwa Nimri como presentadora ya no hay por dónde cogerlo, siendo una actriz y cantante que intenta cumplir como presentadora, pero que en cada aparición suya te preguntas cómo demonios ha acabado aquí. No seré yo el que hable con su agente, pero hay motivos de sobra para que Nimri lo haga. Malos tiempos para las actrices y cantantes, las cuales se ven obligadas a aceptar este tipo de encargos. Muy malos tiempos…

‘Nwaja Nimri… esto… cambia de agente, por tu bien y por el nuestro’

Dicho todo esto, puedo llegar a entender que alguien lo disfrute como placer culpable, porque los límites de la telenovela barata y la comedia involuntaria son traspasados sin pudor alguno. Bien en ese aspecto, porque al menos te ríes de lo absurdo de las situaciones en no pocos momentos. No te queda otra si no quieres pasarlo realmente mal.

¿El programa es malo? Sí. ¿Entretiene? A ratos (hay episodios muy aburridos), pero la sensación de experimento fallido es inequívoca. Una pérdida de tiempo de la que poco se puede destacar. El único consuelo es que no nos atormentarán con una segunda temporada (a pesar de amenazarnos con ello en el último minuto), aunque conociendo a Netflix, que la conozco, algo se inventarán con tal de entrar en el mundo de los realities. Qué el buen gusto nos pille confesados…

Crítica en vídeo:

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