Café Society – Crítica – Un Woody Allen del montón

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Lo confieso: no soy fan de Woody Allen. No hay ninguna película suya que me haya fascinado (aunque reconozco los logros de films como Annie Hall y Manhattan, además de pasármelo bien con Misterioso asesinato en Manhattan), y creo que vivió tiempos mejores, ofreciendo en los últimos años productos bastante flojos y olvidables. Sin embargo, admiro su perseverancia y esa condición de sacar un título por año (bueno, hasta que le han cortado las alas, pero ésa es otra historia).

Hacía tiempo que no me acercaba al cine de Allen, pero justo en estos momentos estoy leyendo su autobiografía y me ha entrado la curiosidad por algunos de sus proyectos, entre ellos Café Society, película del 2016 que en su momento tuve la intención de ver, pero que rápidamente me quité la idea de la cabeza, porque ya había salido escarmentado con anteriores propuestas del cineasta neoyorkino.

El proyecto siempre me llamó la atención por el polémico rodaje, donde el señor Bruce Willis (uno de mis actores favoritos, el cual también vivió tiempos mejores… mucho mejores) fue despedido por no saberse sus diálogos y sustituido ipso facto por el genial Steve Carell, genio de la comedia que no ha podido estar más desaprovechado en los últimos años (y sobre todo desde que dejó la mítica The Office).

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Pues bien, debido a esa renovada curiosidad en la filmografía de Allen, me he aventurado en esta característica producción, sobre el Hollywood de los años 30 y con un reparto bastante sugerente. Amparada por críticas mayormente positivas (aunque tampoco entusiastas), no pedía demasiado a una de las últimas películas de Allen, ya que con pasar un rato ameno y melancólico me hubiese conformado, la verdad.

Desgraciadamente, estamos ante una de sus películas más fallidas, al ser una película demasiado superficial y vacía, donde nada funciona y que deja un gusto agridulce en su final, al haber asistido a una historia de amor anodina que jamás logra traspasar la pantalla, por mucho que se pretenda lo contrario.

La dirección de Allen es encomiable, con un cuidado en los decorados y vestuario, que transportan con bastante atino a la década de los años 30 y al Hollywood de esa época (del que se nota que Allen está irremediablemente enamorado), con todo lo que ello conlleva.

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Otro acierto es la agradecida duración del film, ya que apenas dura hora y media, no haciéndose pesada en ningún momento (aparte de que el director pisa el acelerador y no lo suelta hasta el final). Más metraje hubiese perjudicado de forma estrepitosa a la película, por lo que se tiene que destacar esa sabia decisión, ya que, seamos sinceros, la historia tampoco daba para mucho más.

El problema, sin embargo, es el insustancial guion, ya que los personajes no son entrañables ni carismáticos,  y no hay química entre la pareja protagonista, con una historia de amor que nos importa bien poco y con la que es imposible empatizar, quedándose en tierra de nadie.

Tampoco ayuda que la película se divida en dos mitades, siendo la primera bastante más acertada (aunque jamás fascinante) y la segunda en la que ya no interesa lo que está sucediendo, preguntándonos a dónde quiere ir a parar el señor Allen, ya que la película navega sin rumbo fijo, demasiado deudora de su exquisita ambientación.

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Quizás sus fans más acérrimos encuentren oro puro en sus diálogos, pero a mí me ha quedado una sensación de vacío constante, como si todo estuviese contado con pereza y desgana, sin transmitir absolutamente nada al espectador.

Aprovecho para comentar que jamás entenderé por qué llaman comedia a cualquier película de Allen, como es el caso, cuando, claramente, no estamos ante una cinta de dicho género, por mucho que se haya vendido así.

En cuanto al reparto, tenemos a un correcto Jesse Eisenberg haciendo de Woody Allen (como le encanta al neoyorkino hacer papeles a su justa medida, aunque los interprete otro), intentando plasmar en la pantalla sus tics y su verborrea incontrolable, saliendo más o menos airoso de la difícil papeleta. No puedo decir que Kristen Stewart esté mal, porque estaría faltando a la verdad, pero de verdad que no entiendo qué ven en ella, en todos los aspectos. Por último, destacar a un entregado Carell alejado de sus papeles cómicos. Cuesta imaginar a Willis en el mismo papel, la verdad.

En conclusión, estamos ante un Allen menor, flojo y bastante olvidable, con una historia de amor insulsa y que no va a ninguna parte, en una carta de amor a Hollywood y Nueva York sin pasión ni atino. Me conformaré con seguir leyendo la vida de este señor, porque lo que son sus últimas películas…

 

 

 

 

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