Los pesados del cine : Parte II

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Hace bastante tiempo subí un artículo (aquí) sobre los pesados del cine, donde relataba lo molestos que son algunos individuos en una sala donde se supone que todos debemos convivir y respetarnos durante la proyección de una película por la que se ha pagado.

No todos son amantes del cine (un servidor sí), pero hay unos mínimos, y si se paga por una película se espera que haya unas normas no escritas que todos deben cumplir, sin excepción, pero no es el caso.

En aquel artículo os hablé de los maleducados con el móvil, los repelentes niños y esos padres que les consienten todo, los que no callan y hablan a voces, los de las pataditas… vamos, una fauna a la que habría que encerrar en una jaula y echar la llave al mar.

Pero es que hay más, por imposible que parezca, y creo que es el momento de hablar de ellos…

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Empecemos con los cabezones. No, no soy un cabrón (bueno, un poco), y soy consciente de que tener un melón en la cabeza no es fácil y es más culpa de la naturaleza y la evolución (maldito Darwin) que no del individuo en sí, y menos de su madre, que vete tú a saber cómo le sacaron eso del cuerpo…

No obstante, es molesto que se te ponga un gigante delante, y si encima tiene un cabezón sobre sus hombros (que suele ser el 99% de las veces) eso ya no hay quien lo aguante. Me he llegado a cambiar de sitio para poder ver bien la pantalla, y no, no soy un Hobbit, es que es bastante desagradable que un jugador de la NBA te impida la visión.

¿Solución? Pues sinceramente no se me ocurre ninguna, ya que el pobre individuo tendrá derecho a ver la misma película que el resto, digo yo, pero quizás si fuese más consciente del problema o si alguien tuviese las agallas de recomendárselo, cogería las butacas de la última fila, así nadie tendría que sufrir un eclipse visual de tal magnitud.

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Y si me lo permitís (y si no también) ahora nos iremos fuera de las salas de cine, donde comienza todo, que es en las taquillas. No voy a hablar de que siempre hay pocos taquilleros/as y es un caos cuando hay un estreno potente o son fiestas. Ésa es otra historia (aunque desde que compro las entradas por Internet soy más feliz).

Más bien quiero hablar de los colones, es decir, aquellas personas sin educación ni escrúpulo alguno, que piensan que las normas cívicas son los padres y que cuando éstos no miran pueden hacer lo que les venga en gana. Y no, no penséis en niños malcriados o adolescentes con las hormonas revolucionadas. No, queridas y queridos. He visto a señoras mayores colándose, sin pudor alguno y entre risas. Y no, no tiene ninguna gracia, ya que, si esperas bajo el sol o pierdes tu tiempo, no es justo que llegue alguien de repente y se cuele.

La verdad es que aquella vez (aunque he visto otras, algunas en parque de atracciones, donde la gente no está para tantas hostias y se acaba rápido la broma…) estuve a punto de coger el bolso de la señora y lanzarlo a la fuente más cercana, a que nadase a por él. Lo que es seguro es que le dije de todo, y no me arrepiento, ya que es abominable que haya personas así y se permitan estos abusos. ¿Dónde están los Vengadores cuando los necesitas? ¡¿Dónde?!

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Y proseguimos con los despistados, que no sólo llegan tarde, cuando ya ha comenzado la película (que ya me dirás cómo se puede ser tan inútil), sino que encima sacan el móvil, deslumbran a los que sí conocemos la puntualidad y respetamos al prójimo, y encima… ¡no saben dónde están sus asientos!

En honor a la verdad diré que la mayoría de veces la sala ya ha quitado las luces y apenas ven nada… pero cojones, llega a tu maldita hora y así no tendré que aguantar tu despiste y como me jodes el inicio de la película por la que he pagado.

Pero es que también los hay que llegan puntuales y… se sientan en tu butaca. Una cosa son los cines sin asientos numerados donde todo vale, como si fuese la jungla y sólo pudiese quedar uno, pero cuando las butacas están numeradas se tienen que respetar, y hay ciertos energúmenos que se sientan en la primera butaca que pillan sin mirar ni tan siquiera si es el número o la fila que les corresponde, y claro, eso conlleva a la consabida molestia de tener que levantarse todos para que un/a gilipollas aparque su culo en la butaca correcta.

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Maldita sea, es que no hay que ser físico cuántico para mirar tu maldita entrada, mirar la fila y la butaca y no hacer el idiota delante de tanta gente. Que ojo, si es un error puntual se respeta, no pasa nada, pero algo me dice que hay demasiados que cometen esta atrocidad en infinidad de ocasiones. De nuevo, cárcel para esos hijos de…

Y bueno, no me quiero extender demasiado (más que nada porque me quedo sin payasos a los que criticar) por lo que finalizaremos con los cerdos que hacen spoilers al salir de la sala. Sí, lo he vivido. Un servidor, cuando sale de la sala y se encuentra con los futuros espectadores que van a experimentar la experiencia que yo ya he vivido, evita decir nada al respecto sobre la película, hasta estar en la calle, donde puedo comentar con mis acompañantes las impresiones pertinentes.

Pues bien, parece ser que soy uno entre un millón, ya que hay infinidad de películas clave o de suspense, donde tienen que ir con mucho ojo, porque siempre sale algún lince a contar el final mientras se dirige a la salida, sin pensar en nadie más. Pues a esos, les voy a hacer yo un spoiler (aunque tampoco es ningún secreto): dais mucho asco, pero no sabéis cuánto.

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En fin, que no queda más que evitarlos, taparse los oídos o refugiarse en el baño antes de que abran la sala y suelten al rebaño, porque no es normal que la gente tenga tan pocos miramientos.

Y con esto concluyo la segunda parte de mis críticas a esos idiotas que hacen que cada vez sea menos disfrutable la experiencia de pasar por una sala de cine. Si conocéis otros casos de gente molesta en el cine, ponedlo en la caja de comentarios, y quizás se pueda cocinar un Los Pesados del cine: Parte 3. Ya sabéis, no hay dos sin tres, por desgracia.

Malditos cabrones…

 

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