Juego de Tronos y el fin de una era – Un cierre que invita a la polarización y a la melancolía

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Aviso: Esta crítica ha sido realizada por mi hermano, que en vez de abrirse su propia web, viene a atormentarnos a la mía… Ahora en serio, espero disfrutéis de su concienzuda opinión.

Polarización abismal en la audiencia, declaraciones no muy entusiastas de los miembros del reparto, peticiones de firmas para rehacer la última temporada, 60 padres de niñas españolas desmoralizados ante la perspectiva de haber denominado a sus hijas en honor al personaje de una tirana… ¿Realmente ha sido tan funesto el final de Juego de Tronos? ¿Estamos ante un Lost 2.0?

Mucho se ha escrito y divulgado en estos días sobre el agridulce final de la aclamada mejor serie de la historia (no entraremos a valorar si merece esa denominación). Personalmente concibo las temporadas séptima y octava como una única sola, haciendo honor a que quizás dichas temporadas recojan lo que será “Sueño de Primavera”, última novela a publicar de George R. R. Martin tras la futura publicación de la esperada “Vientos de Invierno”. Bajo esta premisa, algunos detalles quedan mejor contextualizados al concebir el declive paulatino que ha tenido la serie, desde que se desvinculó del amparo de las novelas y la directa supervisión del autor en la quinta temporada.

No nos engañemos, los fanáticos de Juego de Tronos durante años han teorizado y especulado sobre multitud de situaciones y destinos de personajes en la serie que, en realidad, han llegado a ser una losa muy árdua de satisfacer ante tan dispares fantasias onanistas. La profecía de Azor Ahai renacido, Bran como catalizador de la demencia del Rey Loco, Jaime estrangulando a Cersei y cumpliendo la profecía del valonqar, la supuesta suplantación de Meñique en su muerte por una joven de los Hombres sin Rostro, Bran como Rey de la Noche, Lady Corazón de Piedra (Catelyn Stark) apareciendo en algún final de temporada, Daenerys y Jon sentados en el Trono de Hierro…

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Pese a que existe cierta certeza en que algunas de esas teorías cristalicen en las novelas, afrontemos ahora las cenizas de lo perpetrado esta temporada televisiva… La decepción de la “brevísima” Larga Noche, la “inesperada” caída en desgracia y locura del personaje de Daenerys, el “maltrato” o “iteración” de algunos personajes… Vayamos por partes…

A los Caminantes se nos ha tenido ocasión de mostrarlos largo y tendido a lo largo de la serie. Ahí quedan set pieces para el recuerdo en “Casa Austera” (5×08), “La Puerta” (6×05) o “Más allá del Muro” (7×06). Lo confieso, pese a todo, su conclusión pudo haber dado más de si (especialmente planteando una elipsis temporal en la que se erigieran temporalmente vencedores añadiendo épica al término “Larga Noche”). Pero entendamos el giro y el mensaje pretendido visto en perspectiva: el final de la serie ha jugado al contraste entre amenazas y a la ambigüa percepción del mal por parte del espectador…

Y es que a algunos nunca nos cayó en gracia aquella joven rubia de decisiones morales cuanto menos dudosas, o discursos propios de un genocida congoleño en los primeros tramos de la serie. Las pistas han estado siempre allí, pese a que el capítulo penúltimo nos cogiese con los calzones bajados en cuanto a crueldad, llegando sin pudor al infanticidio. Es en la transición del personaje de Daenerys, no obstante, donde la serie ha fallado estrepitosamente a la hora de revelar la auténtica moralidad de alguien publicitada como una abanderada del feminismo y empoderamiento femenino, pero cuyo reguero de odio y rencor, históricamente patriarcal, ha estado presente en todo el relato (recordemos tan sólo el episodio de las crucifixiones…). No se ha sabido evolucionar al personaje coherentemente en los últimos años de la serie, realizar esa maravillosa transición que Breaking Bad sí supo materializar. Y sí, el destino de las novelas se antoja va a ser idéntico… pese a ser indudablemente satisfactorio y convincente en su desarrollo.

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No menos preocupantes son las involuciones o incoherencias de personajes como Jon (asociadas al romance con Daenerys y su pusilanimidad), Jaime (un personaje cuya evolución se supedita a la figura de Cersei), Varys (el Varys y el Meñique literarios es impensable que se dejen matar de manera tan estúpida…), Bronn (el episodio de la ballesta resulta incoherente habida cuenta del historial personal con los hermanos Lannister…). Tampoco se salva del escrutinio la ausencia de respuestas ante misterios al más puro estilo Lost: la figura del dios de la Luz, la motivación real de Melissandre, las aspiraciones auténticas del Cuervo de los Tres Ojos, las completas desapariciones de algunos personajes de la historia…

La serie que nos hizo vibrar con momentos como la muerte de Ned Stark, la batalla de Aguasnegras, la Boda Roja, la muerte de Joffrey, la batalla del Muro, el ataque de Casa Austera, la muerte Jon, la Batalla de los Bastardos… es la misma que nos ha regalado este mediocre tramo final impropio de una serie espléndida en sus primeras temporadas, con una temporada final precipitada, parca en profundidad y desarrollo, y que nos deja huérfanos ante lo que podría haber sido mimado y cuidado como antaño por parte de los guionistas. Pero no todo ha sido reducido a cenizas.

No mentar a Ramin Djawadi y su ya mítica banda sonora, auténtico broche de oro y orgullo de la serie, se me antoja no mencionar el único detalle de la serie que no sólo no ha decepcionado en su tramo final, sino que se coloca en el olimpo cinematográfico de las bandas sonoras. Desde los temas de las Casas de Poniente perfectamente reconocibles y emblemáticos, hasta auténticas piezas musicales que pueden considerarse obras de arte perfectamente disfrutables en ausencia de imágenes (tema “The Night King” como referente esta temporada). Marvel debería tomar nota de cómo se hacen bandas sonoras para los héroes de sus películas individuales.

Del final, a destacar a unos guionistas prestos a cerrar tramas con premura: la elección incoherente de un oportunista Bran como Rey de Poniente, o ese Consejo del Rey tremendamente fanservice. Sin olvidar los aciertos que tiene el desenlace: la puesta en escena lírica y de una cruel belleza de la primera media hora del episodio plagada de reminiscencias tanto al Imperio de Star Wars como a la Alemania nazi, la conversación de Tyrion con Jon que parece más dirigida a ser un revulsivo contra el espectador crédulo ante las acciones pasadas de Daenerys, ese paralelismo entre el Trono de Hierro y el Anillo Único…

De todo ello me quedo con el cierre con Jon, ese supuesto gran maltratado de la serie (y de actor venido de menos a más), heredero espiritual de Ned Stark como lo fue Jack de Locke en Lost, convertido en Matarreyes (no olvidemos que en realidad Jaime y él deberían ser considerados héroes por este “vil” acto), alejado de nuevo de una familia que le ha utilizado sin escrúpulos cual peón de ajedrez, partiendo en apariencia hacia la Guardia de la Noche por hacer prevalecer deber ante amor, siendo recibido por Tormund, Fantasma y el Pueblo Libre, para partir en realidad a un viaje sin vuelta atrás ni juramentos caducos. Un viaje en el que encontrará la auténtica libertad que en su fuero interno ansia para él, acompañado de un pueblo agradecido con su persona al que considerar familia y hogar. Un bello homenaje al prólogo de la serie en ese mismo lugar, esta vez en un Bosque Encantado sin Caminantes Blancos. Un final melancólico y que invita al optimismo (atención al énfasis musical que hace de ello Ramin Djawadi en la mirada al frente de Jon tras mirar por última vez a su pasado cerrarse tras el Muro)… Nada será igual… ni para Jon ni para nosotros…

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Un cambio de época en la televisión en una época de cambios televisivos. Un hito de la cultura popular. Un producto audiovisual y literario que ha conseguido tutear a “El Señor de los Anillos” y “Star Wars”. Hemos de estar eternamente agradecidos a George R. R. Martin por haber insuflado vida a este irremplazable icono cultural en nuestra memoria colectiva. Y sí, pese a las discrepancias y declive narrativo, también debemos rendir tributo a Benioff y Weiss, artífices de la serie que nos ocupa y de la que caímos perdidamente enamorados. Agradecidos ante un Ramin Djawadi por esos orgasmos auditivos y esa cabecera imperecedera erigida ya en clásico de culto atemporal. A todos esos actores y equipo técnico que semana a semana, año a año, nos hicieron cómplices y partícipes de un mundo fantástico de tenebroso paralelismo con el mundo en que vivimos. Una de las series de nuestras vidas llega a su fin. Nuestra Guardia ha terminado.

Valar Morghulis…

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