MasterChef 7 – Review – Primeras impresiones – Algunas novedades pero el mismo sabor de siempre

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Ha vuelto MasterChef, antes de lo previsto, y su estreno ha cosechado algo de éxito, coronándose como la primera opción de la noche, algo que suele conseguir dependiendo de la competencia.

Estamos ante su séptima edición del formato original (esto es, sin contar Junior o Celebrity), y ya os informé que el formato mostraba claros signos de agotamiento, ya que siete años son muchos, y la fórmula empezaba a cansar, y más cuando, descaradamente, apuestan más por el show y las broncas, que no por la cocina… pero esa es otra historia.

Antes de empezar con mi opinión del primer programa y exponeros mis primeras impresiones, debo confirmar, una vez más, que no voy a realizar review semanal. ¿El motivo? Sencillo: no tengo tiempo. Por lo tanto, os traeré en su momento otra review de la final y eso será todo. Lo confirmo de antemano para que no haya sorpresas.

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Pues bien, este año tenemos varias novedades. Una de ellas es que ya no tenemos a Eva González de presentadora, y la verdad es que no me di cuenta hasta el final del primer programa, cuando me puse a pensar como abordar este artículo. Es decir, es más prescindible que Jorge Javier Vázquez en cualquier programa.

Tampoco había que ser un genio para darse cuenta de esto, la verdad. Es más, el programa ha ganado en agilidad y ritmo, ya que los “presentadores” son los jueces (aunque Samantha sigue transmitiendo lo mismo que una piedra), y todo es más fluido. Adiós muy buenas, Eva, no sabemos el favor que le has hecho a los espectadores (y al programa, porque era un peso muerto cobrando por nada).

Vamos con la primera parte del programa, donde se decidía qué concursantes entraban. Este año han querido aportar novedades (ya sabéis, renovarse o morir), y ahora los concursantes podían elegir al chef que quisiesen, para que les encaminase hacia la final.

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Por cierto, yo elegiría (sin pestañear) a Jordi Cruz, que por muy duro que sea, es el más apto, que luego iremos con ello.

Pues bien, parece ser que los concursantes piensan igual que yo, porque todos se querían ir con él, y casi nadie con Samantha (Pepe ahí, ahí). Sinceramente, ¿qué esperaban? Lo más triste es que Jordi Cruz iba eligiendo, él, a los que más le gustaban, y cuando un candidato no le hacía gracia le decía un no, mientras que los otros dos chef se conformaban con las migajas que él no quería.

Y es que la verdad, no sorprende, y más cuando, Samantha tiene que pedir ayuda a Jordi para cortar un pescado, cuando el equipo es suyo. Son esta clase de cosas las que hacen reflexionar si tiene sentido esta “gran” novedad de este año. La única… no sé cuanto cobran los guionistas o responsables, pero se han ganado el sueldo. Ironía “off”.

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Y si hubo un momento bochornoso, ese fue el del mallorquín. Resulta que aparece un concursante que parece que le han obligado a concursar y llegar hasta ahí, y les dice a los jueces, en su cara, que le importa todo un pimiento. La escena en sí ya no tiene mucho sentido, no nos vamos a engañar, pero la reacción de los jueces es de ciencia-ficción, con un Jordi jugando al indignado y expulsándole de la forma más dramática y teatrera posible.

Voy a volver a preguntar, que creo que es necesario. ¿Hace falta estos shows y polémicas en un concurso de cocina? Yo creo que no, pero los que conducen el programa creen que sí. El caso es que ver hacer el “teatro” a tres cocineros reputados (uno de ellos con tres estrellas Michelín) es bizarro y casi inexplicable. Pero esta es la televisión que tenemos (y que merecemos).

También bochornoso que se tocase tanto la política, apareciendo hasta Bono. De verdad, para mear y no echar gota. Y tampoco ayudó ese forzado “crossover” con Maestros de la Costura, tan olvidable como innecesario. En fin…

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En otro orden de cosas, tengo sentimientos encontrados con el casting de este año. Por un lado creo que hay buen nivel y hasta se han olvidado de fichar a un/a modelo de pasarela que haga las delicias de l@s adolescentes que siguen el concurso. Por ahí bien.

Pero es que tenemos a la repelente, a la señora odiosa, al gay patriota, a John Hammond (Jurassic Park), a la que no para de hablar y es puro nervio, al andaluz nervioso, a la pueblerina que quiere algo más, a la dramas (que no parece de sacar su vida personal, jugando con la paciencia del espectador)… Sí, hay variedad y no nos vamos a aburrir, pero esto parece una casa de locos.

Personalmente, me quedo, de momento, con Osiris, Natalia Aleix o Marcos. El resto, o no me dicen mucho o desconfío. Es obvio que habrá discusiones… y muchas, y sí, es lo que buscan.

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La primera prueba fue en tres equipos, cada uno con su chef, y claro, cuando hay que ir a presentar los platos, ya no tienes a Eva (al final resultará que servía para algo…) y lo tiene que hacer Samantha, que se la ve encantada siempre que le toca juntarse con la alta casta.

El problema es que, entonces, el equipo de Samantha (los desamparados y desgraciados, los llamaría) se queda cojo y sin consejos, y sí, como he comentado antes, encima Samantha, la única vez que le preguntan y está por ahí, recurre a Jordi… apaga y vámonos. Es obvio que se han equivocado con esta “genial” idea, ya que el equipo de Jordi (y quizás el de Pepe, como fue el caso), siempre tendrán las de ganar.

Y el que pagó el pato fue el bueno de Jeancha, que, sinceramente, me resultaba simpático y me causaba curiosidad, pero los nervios le jugaron una mala pasada y fue el primer expulsado de esta edición. Habló de repesca, pero jamás un primer expulsado ha sido repescado, al menos que yo recuerde, así que amigo… un placer.

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A pesar de mis dardos y críticas, me pareció un programa entretenido, con escasas y fallidas novedades, y que ofrece más de lo mismo. Pero es que un concurso así se vende sólo, y por eso digo que no hace falta montar shows, y menos con profesionales.

En conclusión, creo que tendremos una buena edición (aparte de las del Junior, no recuerdo ahora mismo una edición aburrida o fallida, independientemente de sus finales y decisiones), con tensiones, grandes momentos y, quizás, alguna sorpresa.

Yo no me lo voy a perder, por lo que, si nada lo impide, nos leemos en la final. ¡Que aproveche!

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